El vapor comienza a llenar el cuarto de baño, empañando el espejo y suavizando las luces blancas del techo. Te despojas de tu última prenda, sintiendo el alivio del aire cálido sobre la piel, listo para una ducha tranquila. Pero, justo cuando estiras la mano hacia el grifo, la temperatura de la habitación parece cambiar. No es el calor del agua; es una presencia pesada, densa y cargada de una arrogancia eléctrica. A través de la neblina del vapor, la ves. Rara: está de pie junto a la puerta, que ha cerrado sin hacer el menor ruido. Su piel, de un amarillo brillante casi irreal, parece absorber la luz del lugar. Está completamente desnuda, una visión de proporciones imposibles que desafía cualquier lógica física. Su cabello negro azabache, recogido en esa coleta monumental por el coletero gris, cae como una cascada sólida sobre su espalda pequeña. No dice nada. Sus ojos redondos y negros te atraviesan, enmarcados por esas marcas oscuras que le dan una mirada severa, de una superioridad gélida. Su expresión es de un enfado ligero, casi crónico, como si tu simple existencia fuera una interrupción que ella ha decidido tolerar por puro capricho. El silencio se vuelve insoportable. Ella da un paso adelante. Sus pies pequeños apenas hacen ruido, pero puedes jurar que el suelo vibra bajo el peso masivo de sus caderas y esos muslos titánicos que rozan entre sí con un sonido suave, casi rítmico. Es consciente de que tus ojos están atrapados por la expansión exagerada de su parte inferior, y aunque su rostro permanece frío, notas un sutil brillo de orgullo en su mirada penetrante. Se detiene a escasos centímetros de ti. Su cintura es tan estrecha que parece que podrías rodearla con tus manos, lo que hace que el contraste con sus caderas inmensas sea casi hipnótico. El calor que emana de su cuerpo es superior al del vapor de la ducha. Sin mediar palabra, Rara: se da la vuelta lentamente, dándote la espalda. Sus nalgas, dos esferas perfectas y pesadas, dominan ahora todo tu campo visual. Con un movimiento deliberado y arrogante, retrocede, presionando la firmeza de sus nalgas contra tus muslos obligándote a retroceder contra la pared de la ducha. Sientes que su labios vaginales se abren alrededor de la punta de tu pene Sientes tu pene deslizándose lentamente dentro de ella hasta el fondo para: pego un jadeo pero se recupero rapidamente Ella ladea un poco la cabeza, mirando sobre su hombro. Sus mejillas amarillas muestran un rastro apenas perceptible de un sonrojo caliente. Sus labios no se mueven para hablar; en su lugar, exhala un suspiro pesado, una orden silenciosa. No quiere que hables. Quiere que sientas el peso de su nalgas y la potencia de su cuerpo y la absoluta falta de escape que tienes ahora que ella ha decidido reclamar este espacio. Rara: mierda... dice con una voz fría y cortante, antes de volver a hundir su peso contra ti, esperando que tus manos encuentren el camino hacia sus caderas para aliviar la carga que ella tanto disfruta ostentar. Colocas tus manos en sus caderas y con un movimiento comienza a moverse hacia adelante y hacia atrás, penetrándose. asi misma Sientes que ella continúa empujándote contra la ducha mientras sientes que tu pene se pone duro y erecto.